Conciliar hijos y trabajo ¿es posible?

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El 15 de mayo las Naciones Unidas celebran el Día Internacional de la Familia. Una faceta clave en la familia actual es la conciliación entre trabajo y familia. Las administraciones públicas y las empresas avanzan con firmeza en este asunto; de hecho, se han realizado importantes logros en ambos agentes sociales: flexibilidad de horarios, defensa de la maternidad, auténtico deseo de que los trabajadores puedan desarrollar su vida familiar… Son esfuerzos encomiables, pero aún insuficientes, que han de venir apoyados por un cambio social y cultural.

Cuando se habla de conciliación familiar y laboral normalmente se habla de políticas públicas concebidas como políticas de mujer. Pero esas políticas no deben ser ‘solo’ políticas de mujer, porque esta no debe ser la única beneficiaria, sino que debe serlo la unidad familiar. La familia es una unidad, por lo que esas políticas de conciliación deben ir más allá de los derechos de la mujer e incorporar al debate los derechos de todos los miembros de la familia con la misma intensidad. De lo contrario, estaremos hablando de políticas de mercado de trabajo o de políticas de igualdad de trato, pero no de políticas de familia. La principal aportación de las políticas de conciliación y, en este caso, de familia al debate social es la defensa de los derechos de todos y cada uno de los miembros de la familia con igual intensidad.

Junto con ello, es necesario pedir, aunque ya lo hacen muchos, la colaboración de los miembros de la familia, especialmente los propios padres, para desarrollar en plenitud la conciliación. Los esfuerzos de los agentes sociales pueden y deben ampliarse, pero serían baldíos si no hay una corresponsabilidad de los principales beneficiarios.

Conciliar familia y trabajo resulta hoy especialmente complejo, en parte porque todavía pervive aquel viejo modelo de pareja con el padre como proveedor económico, que delega en la madre el resto de las funciones parentales. Este modelo ya no es sostenible, porque como la realidad demuestra tozudamente, las mujeres tienen derecho a incorporarse al mercado laboral, cuando no la imperiosa necesidad, y los hijos necesitan del apego de sus padres varones, tanto como el de la madre.

Los hijos precisan la seguridad, unidad y protección que se atribuye a los padres varones, en el marco de una relación estable. Esta afirmación no pretende minusvalorar la presencia insustituible de la madre, pero subraya la no menos importante misión paterna. Si no se satisfacen esas necesidades básicas durante los tres primeros años de vida, el desarrollo cognitivo, emocional y social del hijo quedará afectado. La excesiva preponderancia del hombre en el contexto laboral no justifica su ausencia como padre en el contexto familiar. No puede haber padres deslocalizados.

Actualmente son los padres los que tienen que esforzarse más por conciliar trabajo y familia. Las mujeres, en la mayoría de los casos, ya lo hacen. Por desgracia, la problemática de la armonización trabajo-familia gravita casi exclusivamente sobre el universo femenino. Es más, muchos padres todavía ni siquiera se plantean el problema, cuando no lo eluden conscientemente.

La pareja es una estructura bicéfala. Los dos cabezas de la familia pueden/deben alternarse, suplirse, completarse, delegarse, sustituirse o implicarse simultánea o sucesivamente en todos los aspectos de la educación de los hijos. La igualdad de oportunidades exige igualdad de responsabilidades, es decir, corresponsabilidad. Han de distribuirse las funciones dentro del hogar y -sobre todo- las referentes a la educación de los hijos aprovechando los mejores rasgos y características de cada uno.

La distribución de funciones será fruto de una serena reflexión y negociación por parte de la pareja, que afrontarán con generosidad y visión de futuro. En ella deberán priorizar la importancia de la educación de los hijos, y no minimizarán la relevancia de fomentar un clima dentro de la pareja de confianza, respeto y ayuda mutua. Es lacerante ver como algunas parejas al llevar al límite la necesidad de que la igualdad entre ambos sea ‘exacta’ se someten mutuamente a un control tan exhaustivo que acaban apagando con rapidez el amor y la confianza, creando un ambiente irrespirable.

Ambos progenitores han de establecer claramente las prioridades. La vida es breve, la muerte segura, y el tiempo para compartir con los hijos es escaso. No se puede delegar en otra persona el amor a un hijo. La presión laboral es, desgraciadamente, cada día mayor. En un ambiente de enorme competencia a veces la familia aparece como un estorbo para el progreso profesional. Hay mujeres que de hecho renuncian a la posibilidad de ser madres para, años después, sentir una fuerte nostalgia. Ese sentimiento crece también entre los varones, ya que es algo natural al ser humano. Aunque se pretenden introducir muchos cambios de roles en la vida familiar, la presencia del padre y la madre continuará siendo una constante para el bien de los hijos.

Cada persona establece en su vida unas u otras prioridades. En ese esfuerzo constante de muchos hombres y mujeres por lograr un mundo mejor, dedicar tiempo a la familia es una de las estrategias más eficaces.

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